martes, 24 de enero de 2012

Caer


Birdy era una chica extraña, enigmática y nada corriente. Yo siempre había querido conocer más sobre ella, me gustaba su manera de ser. Ella era casi hermética, no hablaba demasiado de sentimientos cálidos y esquivaba cualquier intento de penetrar en su corazón. Nos conocimos una noche de primavera.
Ella estaba tumbada en la cama. Miró su reloj, eran las ocho y media. Era sábado y ella estaba encerrada en su habitación, como de costumbre. Siempre se había considerado alguien muy antisocial. Miraba al techo mientras recordaba algún fragmento de su última lectura: A sangre fría, de Truman Capote. De repente oyó un estrepitoso ruido de una pieza de metal rebotando en la acera, le siguió el murmullo de las ruedas de los coches rozando el asfalto y el sonido pausado del obturador automático de una cámara fotográfica. Se levantó a cerrar la ventana, no le gustaba oír los sonidos de una sociedad necia. Justo al acostarse de nuevo un pitido leve le indicó la entrada de un nuevo mensaje de texto en su teléfono móvil. La publicidad de su compañía la acechaba y prefirió ignorar el contenido. Aburrida se enfundó en unos pantalones verdes y, poniéndose su chaqueta americana negra, recogió su bolso ilustrado con la cara de uno de sus cantantes favoritos y salió a pasear. Mientras ella bajaba se cruzó con su vecina, quien la saludó amargamente. Cuando ella abrió la puerta de la calle los pasos de la mujer todavía resonaban por toda la escalera. Al girar la esquina de su calle se topó conmigo, que iba absorta en una lectura. Ella se quejó y yo intenté disculparme. La observé mientras guardaba el libro en una bolsa negra que colgaba de mi hombro. Sin decir nada más se alejó. Yo, impresionada por aquella mirada y por sus vestiduras de friqui, corrí tras ella. Quería conocer qué se escondía debajo de aquél envoltorio de antisocial. Le pregunté por sus planes y, después de insistir, cedió a pasarse por mi casa. Entramos a mi apartamento pequeño y desordenado, le preparé un te y nos sentamos en el sofá de dos plazas que había en el centro de mi diminuto salón. Al principio la cosa pareció no servir de nada, le preguntaba y ella no mostraba interés. Intenté tratar temas que pudieran interesarle, pero aquella chica era un caso único. Pensé en hablar sobre libros y funcionó. Después de ver una máquina de escribir en una esquina, perteneciente a mi abuelo, cambió la conversación:
— Me gustan estas máquinas, yo tengo una azul en casa. ¿Es tuya?
— Sí, la heredé de mi abuelo. Él la utilizaba siempre, era periodista, ¿sabes?
— ¿Puedo probarla? Es una Underwood, ¿verdad?
— Sí, lo es. Adelante, toda tuya. — le sonreí mientras me levantaba para traerle una silla.
Creo recordar que esbozo media sonrisa pero la escondió rápidamente. Se sentó en una silla plegable que guardaba en el hueco que quedaba entre la mesa y la pared. Miro las teclas y empezó a teclear algo. Cerré los ojos, para no tener la tentación de leer lo que escribia, y escuché. El sonido de las teclas martilleando el papel y el movimiento de cada pieza que la formaba me relajaba. Al volver a abrirlos, después de respirar profundamente, ella arrancaba la hoja de la Underwood anticuada y la arrugaba con prisas, se la metió en el bolsillo de los pantalones. Lo que había escrito no lo descubrí nunca, aún que me moría de ganas. Congeniamos bastante y durante las semanas siguientes nos fuimos viendo. Frecuentábamos siempre en el mismo bar. Casi un mes después todavía manteníamos contacto, pero estábamos más ocupadas que antes.
La ultima vez que la vi era un jueves caluroso. Me la encontré mirando el río del pueblo. No era demasiado profundo pero durante aquellos días su caudal aumentó considerablemente. Pasé por su lado, casi rozándola, y se giró:
— ¿Qué, te gusta escuchar el agua?
— No. Lo odio. — soltó.
— Vaya. ¿Qué haces, entonces? — pregunté sorprendida.
— ¿Te importa? — me dijo sin dejar de mirar el agua.
— Bien, si te pones así no. Pero, ¿a que viene tanta brusquedad?
Me había acostumbrado a sus contestaciones y a sus maneras de hacerme callar a veces, pero eso era diferente.
— A nada, simplemente te he preguntado. No tienes nada mejor que hacer hoy, ¿no? — preguntó con cierto sarcasmo.
— Ahora iba a comprar algo para cenar esta noche. ¿Te vienes? — esperaba que dijera que sí.
— No. Te espero aquí.
— No tardaré. ¡Ahora mismo vuelvo! — dije mientras aceleraba el paso.
Al salir la llamé desde la puerta de la panadería que se encontraba a la deriva derecha. No me oyó. Se subió al muro de piedra balanceándose, yo temblé. Desde la lejanía vi como cerraba los ojos y se dejaba caer. En un acto reflejo y protector, supongo, corrí hacia el agua y me zambullí dejando la bolsa en las piedras. No pensé en nada, solo buceaba por aquellas aguas heladas buscando entre el agua sus manos. Tal vez llegué demasiado tarde. No la encontré. La policía, que rastreó el río de arriba a bajo, tampoco.
Nos conocimos una noche de primavera. Por equivocación.

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