Ayer
salió el sol temprano, más amarillento que hoy. Parecía sonreírme
desde lo alto, sereno y confortable. Una bola pajiza en mitad de aquel manto claro manchado de nubes transparentes. Se había encogido y el
cielo se volvió de un azul inmenso. Esta noche, al despertarme, he
mirado hacia la ventana y he visto la luna llena reflejada en el
cristal. Una esfera albar y inmejorablemente redonda se difuminaba en
el vidrio. Me ha parecido que se aproximaba y me sonreía. En la
coyuntura de alcanzarla con tino y ternura se ha disipado, dejando
esa bola áurea e impecable reducida a un nimbo de anhelos
resquebrajados y fracasados conatos de ser dichoso.
Al
levantarme esta mañana y mirar al mar he pensado: “Hermosura del
día y su cielo, como brazos me cobijas, como alma me amparas con el
manto claro y alegre de tus garras.” Pero el sol se ha apartado
dejándome con mis noches cenizas, con ideas vagantes que inundan una
habitación vacía de risas y alegrías . Ya no me sonreía.

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