CAPÍTULO III
Tu:
Ja he perdido la cuenta de que día es hoy. No me lo puedo creer. Han sido unos días tan confusos estos últimos... Me veo obligada a contarte lo que ocurrió el día que intente acabar con esta estúpida e infeliz vida. Yo me encontraba en la ventana, la cuerda que utilizaba mi padre para escalar, en sus tiempos de juventud, estaba atada con fuerza a la barra que sostenía la cortina, el otro extremo rodeaba perfectamente mi cuello pálido. Deslice mi mirada asta el césped húmedo que se encontraba debajo de mi ventana. La cuerda era suficientemente corta como para no permitir que mis pies alcanzaran el suelo, y con un poco de suerte a esa hora todos dormirían y nadie podría impedir lo que llevaba planeando con precisión desde hacía un par de días. No podía salir mal. Estaba todo calculado, era todo tan preciso que nunca habría podido imaginar lo que ocurrió después.
Sí, fue inexplicable, de pronto una fuerza invisible me tiro con fuerza hacia atrás, mi cabeza golpeo con la esquina de la cama, quedé inconsciente durante un par de horas, calculando escasamente el tiempo que me llevó volver a incorporarme. Después de sentirme atacada por una fuerza tan extraña como la idea de que yo pudiera sonreír, me desperté en la cama, tumbada, perfectamente colocada, parecía que había permanecido durmiendo. Recordaba lo que había sucedido vagamente, y creí que todo había sido un estúpido sueño. Pero cambie rápidamente de idea cuando vi la cuerda atada en la cortina, que colgaba de mi ventana, entonces recordé lo que había sucedido con toda claridad. Como me había colocado con precisión en la ventana, y como, justo cuando me mentalizaba para saltar, algo me había lanzado al suelo, dejándome inconsciente pocos segundos después. Lo que no entendía era el porqué de encontrarme en la cama. Pensé que mis padres me podrían haber oído. Pero tampoco podía ser, en ese caso, mi madre aún permanecería a mi lado, esperando a que despertara, al igual que mi severo padre habría desatado la cuerda, y la habría guardado ha escondidas. Demasiadas preguntas se sumaron a las que ya permanecían en mi mente y de pronto un dolor de cabeza impresionante me dejo desarmada. Un sueño profundo me envolvió, y no desperté hasta el eterno atardecer del día siguiente. El sol no se acababa de esconder, aquel paso a la noche se me hizo extremadamente largo. La luz me confundía aún más, y me parecía imposible la idea de aguantar dos minutos más aquella claridad. Me escondí debajo de la colcha, y me eche a llorar. Estaba desconcertada. Permanecí en aquel escondite tan peculiar hasta que la luz se marcho del todo, y oí como mi madre golpeaba la puerta para anunciarme la hora de la cena. Esa noche pero, no me levanté. La bandeja se quedó en la puerta, esperando, como yo te espero a ti. Yo nunca llegué a recogerla, y mi madre no se inmuto al verla exactamente como la había dejado. Oí desde debajo de mi colcha como se llevaba el alimento que me debía de proporcionar fuerzas para pasar la noche. No tenia nada de hambre, así que no lo eche en falta.
Sigo confundida, y ahora cada vez como menos. Solo me cabe una razón para explicar lo que sucedió, por extraña, remota, e inexplicable que me llegue a parecer, es la única que me quiero creer. ¿Vigilabas tu aquella noche desde algún rincón?
Te fuiste, permite como mínimo que me vaya yo también.
Literalmente tuya:
Clara.
19 de Septiembre.
Querida Clara:
Olvidalo y por favor, no hagas ninguna estupidez. Hazlo sencillamente por ti, y no por mi. No seas terca, por favor.
Yo.
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